Hablar sobre los hábitos propios puede ser una experiencia desafiante para cualquier persona. Implica reconocer que estos forman una parte de nuestra identidad, de quiénes somos. A la vez, supone contrastar los mismos con la mirada de una sociedad que emite juicios aparejados a la culpa o al medio cuando dichos hábitos no obedecen a la norma hegemónica.
Esto es particularmente cierto cuando hablamos de hábitos relacionados al consumo de sustancias. Basta observar el sensacionalismo del tema en medios de comunicación, o los enfoques tradicionales dominantes en la literatura amparados bajo la noción de “salud pública”, los cuales han concebido el consumo como una cuestión exclusivamente patológica. Consecuentemente, quienes consumimos hemos sido reducidxs y problematizadxs históricamente como entes sin autonomía, sujetxs al control que determinada sustancia aparentemente tiene sobre nosotrxs.
La situación se complejiza tratándose de hábitos presentes mayoritariamente entre personas de la comunidad LGBTIQ+. En México, particularmente entre mujeres trans y hombres cis homosexuales, bisexuales, y otros hombres que tienen sexo con otros hombres (“HSH”), el uso sexualizado de determinadas drogas es una práctica frecuente. En este sentido, a la patologización y la criminalización de quien consume en medio de una abierta guerra contra el narcotráfico, se suman actitudes culturales y religiosas que históricamente han promovido discursos de rechazo respecto a la identidad o la orientación disidente.
Teniendo en consideración lo anterior, es muy válido cuestionarse: ¿cómo se espera que unx hable sobre su consumo cuando nos encontramos atravesadxs por estigmas ampliamente enraizados en nuestro entorno? ¿Cómo podemos externar nuestras necesidades a quienes nos rodean si existe un predeterminado juicio de valor de nuestro actuar? Mas aún, ¿cómo se pretende que unx exija un nivel óptimo de salud mental o física a mecanismos institucionales fuertemente basados en el rechazo hacia nuestras comunidades?
En la literatura se ha descrito que los referidos estigmas constituyen determinantes sociales estructurales para la idiosincrasia de nuestras comunidades. Hablando específicamente de HSH que practican el uso sexualizado de drogas, podemos afirmar que algunas de las causas de esta práctica también operan como mecanismos de autocensura. Particularmente, la soledad: un sentimiento complejo que gira en torno al deseo de conectar con otrxs y conseguir un determinado nivel de profundidad en nuestras interacciones. La soledad entendida así, puede constituir un factor que motive al consumo en este contexto, y también conlleva un estigma aparejado. Es evidentemente complicado comunicar este tipo de sentimientos si consideramos la interseccionalidad de la problemática.
Íntimamente ligado a lo anterior, se encuentra una cultura de socialización específica en HSH. La cultura de las aplicaciones digitales de ligue (hook-up apps) y sitios web, marcada por un lenguaje de inmediatez y transacción, impone exigencias sobre los HSH para que estos posean un valor erótico y puedan ser objeto de deseo sexual de otros. Ello conlleva aspiraciones a una masculinidad específica, a un cuerpo hegemónico, a un estilo de vida determinado, entre otras; las cuales, de no realizarse, generan afectaciones hacia nuestra autoestima, así como sentimientos relacionados a la vergüenza y la soledad.
En la medida en que seamos conscientes sobre estas razones y las comuniquemos en lo colectivo, sin perder de vista otras razones concretas por las cuales una persona pudiera no sentirse con la libertad de expresarse abiertamente sobre su consumo, podremos encontrar soluciones para las aflicciones producto del sistema en el que vivimos. El diálogo y la exploración como herramientas vivas para nuestra supervivencia como comunidad.
Ahora bien, también podemos preguntarnos: ¿es necesario contarlo? ¿A quién le debo esta parte de mi historia y por qué? Estas preguntas abren una dimensión íntima que pone en juego el consentimiento, la confianza y la capacidad de agencia. Revelar por presión, por miedo a ser descubiertx o por temor a perder una relación, no es lo mismo que compartir desde el cuidado, el amor o la voluntad genuina de vincularnos con honestidad. No toda historia tiene que ser contada, y mucho menos en espacios que no garantizan seguridad emocional o respeto.
Elegir contarlo debería ser una decisión propia, sostenida por el deseo de comprendernos mejor, de buscar apoyo o de crear redes que nos sostengan. No como un acto de justificación o redención ante el juicio social. La diferencia entre hablar desde la confianza y hablar desde la culpa es abismal. Lo primero libera, lo segundo encarcela.
Contar nuestra historia de consumo no debe ser una exigencia ni un acto de penitencia. Si decidimos hablarlo, que sea para sanar, para reconocernos, para crecer juntxs. No para que se nos castigue o señale. Que el silencio deje de ser un lugar de encierro y empiece a ser una pausa desde la cual podamos elegir cómo, cuándo y con quién narrarnos.
Bibliografía consultada:
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Katie Evans, (2019) "The psychological roots of chemsex and how understanding the full picture can help us create
meaningful support", Drugs and Alcohol Today, https://doi.org/10.1108/DAT-10-2018-0062
Kristian Møller, Jamie Hakim, (2021) “Critical chemsex studies: Interrogating cultures of sexualized drug use beyond the risk paradigm”, Sexualities 2023, Vol. 26(5-6) 547–555
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